COVID-19, año tres. ¿Eso qué significa? - ElPeriodicoDeMexico.Com (2022)

David Wallace-Wells |The New York Times

Quizá te sorprenda saber, dado el ánimo pandémico de Estados Unidos —y del mundo, en realidad—, que probablemente la mitad de todos los contagios de COVID-19 se han producido en lo que llevamos de este año, y solo estamos en julio. En diciembre, la cifra podría alcanzar el 80 por ciento o más. La discrepancia entre el número de casos y las consecuencias graves es mayor que nunca: una décima parte de los contagios terminan en muerte respecto a las fases iniciales de la pandemia. Sin embargo, por lo que se refiere estrictamente a los contagios, este año supera a los dos anteriores.

Entre el descubrimiento de la variante delta y su domino en Estados Unidos pasaron más de 6 meses; con cada una de las nuevas variantes de la ómicron, apenas tuvimos seis semanas. Muchos de los guías de referencia en la pandemia, tal vez conscientes de su pérdida de autoridad ante el público, han empezado a replegarse un poco. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés) han modificado las pautas para sus mapas por zonas, elevando considerablemente el umbral de preocupación, aunque ahora que la variante BA.5 se propaga con rapidez, la mayor parte del país ya está alcanzando ese umbral de todas formas. Las medidas de mitigación, de las cuales la mayoría estuvieron ajustadas a la propagación local y nacional durante dos años, han desaparecido también como indicador pandémico.

A finales de abril y principios de mayo, cuando enfermaron casi tantos neoyorquinos como en el pico de la ómicron en enero —puede que hasta 1,5 millones en el pico de primavera, frente a los 1,8 millones de la ola anterior, según un par de prepublicaciones de la Universidad de la Ciudad de Nueva York basadas en la misma metodología—, casi nadie se dio cuenta. Las hospitalizaciones aumentaron, seguidas por las muertes, pero con mucha menos rapidez y de forma mucho menos preocupante como solo unos meses antes. Lo mismo ocurrió más recientemente en San Francisco, donde, según los datos obtenidos a partir de las aguas residuales, hubo hace poco más contagios de COVID-19 que durante el pico inicial de la ómicron en enero.

A nivel nacional, no parece que la BA.5 haya llegado aún a su punto más alto; sin embargo, aunque por ahora sigue habiendo un aumento de las muertes, ha sido relativamente lento. Si alejamos la vista lo suficiente de las gráficas, incluso cuesta distinguir ese incremento. En mayo hubo casi el doble de hospitalizaciones, pero aun así fueron solo una cuarta parte de las que hubo en el pico de la primera ola de ómicron, y muy inferiores respecto a los picos anteriores de la pandemia. El número de ingresos en la unidad de cuidados intensivos (UCI) casi no ha variado.

¿Cómo se puede describir esta dinámica, o encontrarle una lógica? Las olas de contagios siguen sucediéndose unas a otras, pero casi en un segundo plano; las hospitalizaciones y las muertes oscilan arriba y abajo, pero dentro de una franja comparativamente estrecha y mucho más baja, en relación con el número de casos, de lo que recordamos incluso de la primera ola de ómicron, por no hablar de la anterior a esa, la de delta, y las olas de 2020.

Una de las palabras para definirla es “endémica”, dice Trevor Bedford, virólogo computacional del Fred Hutchinson Cancer Center de Seattle y uno de los oráculos más prudentes y fiables de los dos últimos años.

Bedford es reacio a enredarse en debates semánticos sobre qué constituye una “fase pandémica”, en vez de una “fase endémica” en el caso de la COVID-19, por ejemplo. Pero dice que, si insistimos en que el país sigue en la fase pandémica, no vamos a ser capaces de bajar el ritmo desde ahí en el corto plazo, ya que es probable que las condiciones varíen mucho durante años. Además, aunque la protección inmunológica que Estados Unidos está acumulando no es perfecta, sigue siendo una diferencia importante respecto a las fases iniciales en las que calibramos por primera vez nuestros temores. “Si decimos que en este momento continuamos en pandemia, seguirá siéndolo al séptimo año, estaremos todavía en pandemia entonces”, dice Bedford. “Así que pienso que es mejor admitir que estamos en una situación donde el 98 por ciento de la población posee alguna forma de inmunidad, sin duda más del 95 por ciento. No puede haber grandes cambios en ese sentido”.

Hay razones técnicas por las cuales otros epidemiólogos discutirían el término “endémica”. En el caso de las enfermedades respiratorias, puede referirse a aquellas donde, en promedio, un paciente contagia a menos de una persona, y todas las variantes de este año son más contagiosas que eso. Y aunque muchos utilizan la palabra “endémica” para referirse a la estabilidad viral, sigue existiendo la posibilidad de una “sorpresa” en la evolución del virus; a todas las personas con las que he hablado para este artículo les incomodaba descartarla.

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Sin embargo, en un sentido coloquial, el término encaja: una gran mayoría de la población se ha contagiado del coronavirus, casi todos seguramente de la cepa de ómicron, y el 67 por ciento nos hemos vacunado también (aunque solo el 32 por ciento con la dosis de refuerzo). Y, a pesar del alboroto de tantas variantes seguidas en los últimos meses, el padecimiento de la COVID-19 en Estados Unidos se ha mantenido estable, visto desde otra perspectiva.

Es natural mirar esas gráficas y sentir cierto alivio, al constatar la mucha protección inmunológica que ha ido acumulando Estados Unidos con el tiempo, y en especial frente a la enfermedad grave y la hospitalización. Pero el impacto de ese estado estable también es desconcertantemente fuerte. Más de 300 estadounidenses han muerto casi a diario durante meses; la cifra se sitúa hoy por encima de los 400, y sigue aumentando.

En estos momentos, alrededor del 5 por ciento del país se está contagiando con el coronavirus cada mes, dice Bedford, quien prevé que ese patrón continuará en gran medida. Pero ¿qué conlleva eso en términos de muertes?, le pregunto. A modo de cálculo aproximado, dice, cabe esperar que, en adelante, cada año se contagie el 50 por ciento de los estadounidenses y que mueran 100,000.

Este año ha sido considerablemente peor que eso, en buena parte porque incluye la llegada inicial de la ómicron, que, aunque a menudo se califica de “leve”, mató a más de 100,000 estadounidenses en las primeras 6 semanas del año. Así, aunque la actual trayectoria del país sigue un ritmo anualizado de 100,000 muertes, este año ya han fallecido más de 200,000 estadounidenses, con lo que se cree que habrá más de 250,000 decesos a finales de 2022.

Michael Mina, epidemiólogo que dejó Harvard para ser científico jefe del portal médico en línea eMed en 2021, tras ejercer durante la mayor parte de la pandemia como principal evangelizador del país sobre las pruebas rápidas, cree que podría empeorar. Dijo que, al mezclarse la estacionalidad y la disminución de la inmunidad de las personas mayores, cabe la posibilidad de una ola otoñal de quizá 1000 al día. Esto haría que el número potencial de muertes este año en Estados Unidos llegara a 300,000 o más.

Esa cifra de fallecimientos, 10 veces superior a la de las últimas temporadas de la gripe, es sin duda inferior a los dos primeros años de pandemia: tanto en el último año de presidencia de Donald Trump como en el primero de Biden, el número de estadounidenses muertos superó ligeramente los 400,000. Pero no es mucho más inferior. A nivel nacional, la tasa de contagios mortales es solo una parte de lo que era, pero la propagación es mucho más prolífica ahora, y desde que empezó el año, lo que significa que, en conjunto, la enfermedad sigue generando una terrible cantidad de muertes, sobre todo entre las personas mayores, que han acumulado inmunidad más despacio que el resto de la población y la están perdiendo con más rapidez.

Poco después del tropiezo de Ashish Jha, coordinador de la respuesta al coronavirus de la Casa Blanca, al decir que el número de muertes diarias era “bajo”, el gobierno ha pasado a calificar de “inaceptable” el nivel actual. Pero hay pocos motivos para esperar que ese nivel disminuya mucho, al menos no de forma significativa. “Te sientes atrapada en este bucle”, dice Natalie Dean, de Emory, bioestadística especializada en la epidemiología de las enfermedades infecciosas. “Seguramente todos nos sentimos de forma parecida. Piensas: otra ola más”. En todo caso, con la subvariante BA.5 “sí parece que la cosa va a más ahora”, dice. “Ese estado estable no nos deja muy bien situados”.

Si Bedford está en lo cierto —y ese estado estable significa que habrá 100,000 muertes anuales por COVID-19, al menos en los próximos años—, es un poco difícil cuadrar ambos hechos en la cabeza (sobre todo si te acuerdas del estado de emergencia inicial provocado por la pandemia y de las esperanzas, más recientes, de que podría “acabarse” en algún momento). La cifra de 100,000 muertes anuales es superior a la de cualquier otra enfermedad infecciosa, y situaría la COVID-19 entre las 10 primeras causas de muerte en Estados Unidos; una importante y nueva causa de muerte muy extendida que nublaría el horizonte del país con otra capa sombría de morbilidad que nunca habíamos visto. Es una cantidad varias veces mayor que la de una típica temporada de gripe, y son más de los que mueren cada año por diabetes, neumonía o dolencias renales. Es, como este periódico dijo en una ocasión en un inmortal título de portada: “una pérdida incalculable”.

¿Cómo calculas una pérdida 10 veces mayor que eso? ¿Cómo afrontas ese nivel de muerte, cada año a partir de ahora? En realidad, esa sería la cifra mínima, según Céline Gounder, epidemióloga experta en enfermedades infecciosas e investigadora sénior de la Kaiser Family Foundation: los cálculos aproximados oscilan entre las 100,000 y las 250,000. Esa no es su estimación del número de muertes para este año, sino la tasa de mortalidad que se prorrogará indefinidamente en el futuro. “Y la pregunta que me hago es: ¿cuántas muertes nos parecerán aceptables? ¿Hemos decidido que esto es lo aceptable? Y, si es así, ¿por qué?”, pregunta.

Durante la mayor parte de la pandemia, ha sido difícil observar la trayectoria de la enfermedad salvo a través de la lente del partidismo y las políticas. Las preguntas como la de Gounder suelen sugerir conjuntos de intervenciones concretas a las que otros se han opuesto o han considerado poco realistas. A quienes viven con relativa normalidad se les ha acusado de restar importancia a la COVID-19; a quienes han pedido mantener las precauciones se les ha tachado de alarmistas histéricos.

Y, sin embargo, si eras capaz de ver más allá de las disputas relacionadas con la guerra cultural, cada uno de los dos primeros años de la pandemia tuvieron, a pesar de toda su crudeza y el sufrimiento humano, una forma narrativa instintiva. En 2020, versaba, después de la muerte y el pánico, sobre la capacidad estatal y el comportamiento con que se reaccionaba: qué gobiernos y comunidades se movilizaban con más rapidez y eficacia para intervenir y “aplanar la curva” y, en algunos casos, erradicar temporalmente la enfermedad en sus estados. Se podía culpar de forma convincente a los gobernantes locales y a la falta de precauciones de la comunidad por el nivel de contagios y muertes a tu alrededor, aunque esos relatos solieran exagerar las diferencias nacionales respecto a los resultados de la pandemia. Si te quedabas satisfecho con la respuesta —como tendían a hacer en, pongamos, Taiwán y Nueva Zelanda—, probablemente sintieras cierto orgullo cívico por esos resultados. Quizá sintieras que habías cumplido con tu parte, o te invadiera ese espíritu prosocial que te llevaba a asomarte por la ventana a aplaudir a los profesionales sanitarios por cumplir con la suya. En el otro extremo del espectro, quizá acabaras quejándote en las redes sociales de la gente que pasaba Acción de Gracias con sus familias, incluso cuando tenían un resultado negativo de la prueba.

Después llegó el año de las vacunas, 2021, en el que la propagación de la enfermedad y su relativa gravedad se explicó principalmente por la distribución de las vacunas, primero, y el entusiasmo de ciertos sectores de la población por vacunarse, después. Tal vez consideraras el relativo nivel de enfermedad y muerte a tu alrededor como una grotesca y poco generosa obra de moralidad sobre la vacunación, a pesar de que el fenómeno de la “covid republicana” nunca fue mucho mayor que las brechas en la vacunación definidas por los ingresos, la educación y la raza. Los liberales subestimaban a menudo las muertes entre los no vacunados, y cuando la gente utilizaba la frase “vacunado y listo” estaban expresando un deseo de “normalidad”, pero también una visión epistemológica del virus: lo único que importaba era cuántas personas se habían vacunado (o cuántas de las personas mayores se habían vacunado y, después, cuánto tiempo había pasado desde entonces).

La experiencia del tercer año de la pandemia ha sido, desde el punto de vista narrativo, mucho más turbia, casi en todo el mundo.

Empezó con la primera ola de ómicron, tan diferente de las variantes previas que equivalía casi a un borrado completo de la inmunidad anterior contra el contagio y precipitó el breve rescate de ciertas medidas de mitigación. Lo que le siguió fue igualmente desconcertante: una rápida serie de subvariantes de la ómicron; cada una llegaba tan poco tiempo después de la anterior, que las olas, en vez de romper, parecían simplemente desplazadas por los contagios de un nuevo linaje. Cabe presumir que llegarán más.

Las variantes, distintas en su capacidad para evadir la inmunidad y su dinámica de propagación, pudieron abrumar a los epidemiólogos aficionados en que nos habíamos convertido todos. Pero tampoco quienes lo vigilaban de cerca lo tenían mucho más claro. La gravedad de las recientes olas ha variado mucho entre un país y otro; algunos de los peores resultados se dieron en lugares como Portugal, donde unas heroicas campañas de vacunación parecían haber puesto fin al virus de manera local. En otros —como Dinamarca, donde el pico anterior de BA.2 fue el más alto de la pandemia— no han aumentado las hospitalizaciones.

Se cree que parte de esto obedece a qué países se vieron afectados por la primera cepa de ómicron. Pero seguramente esto también es una simplificación. Como ha señalado un matemático británico, Oliver Johnson, dada la variabilidad del número de dosis de la vacuna (entre cero y cuatro inyecciones) y de los contactos con el virus (están los pocos que siguen sin contagiarse y los que se han contagiado de una o más de las muchas variantes) y el considerable sesgo por edad subyacente de la enfermedad (las personas mayores son más vulnerables a las consecuencias graves y a la pérdida de protección), para realizar una simulación correcta de la pandemia podría ser necesario incorporar al menos 30 categorías distintas de personas. “Sin duda es más difícil”, dice Dean.

Pero aquí se produce un efecto esclarecedor, también, y un tanto irónico. En el tercer año de la pandemia, el panorama epidemiológico es tan complejo, y las medidas tomadas ante la pandemia han retrocedido tanto, que da la impresión de que es posible contar la historia de la enfermedad en sí: en lugar de abordar la COVID-19 como una prueba de fuego de un tipo u otro, la hemos abordado como una tragedia continua.

Aún se sigue hablando sobre políticas y comportamientos, por supuesto. Los Ángeles ha anunciado que está a punto de reinstaurar la mascarilla obligatoria en interiores, aunque solo el 10 por ciento de los pacientes hospitalizados con COVID-19 lo están por la COVID-19, y las UCI funcionan sin problemas. Los expertos hablan de normalizar las pruebas como parte rutinaria de la vida y acelerar el lanzamiento de vacunas de refuerzo concretas para las variantes, establecer nuevas normas laborales y de seguridad y realizar grandes inversiones en la calidad del aire en interiores, además de animar a la gente a llevar mascarillas de alta calidad en interiores de alto riesgo.

Pero donde antes veíamos obras de moralidad, en muchos casos con razón, quizá ahora veamos más claramente el paisaje subyacente de la enfermedad como un suceso pandémico de los que ocurren una vez en cada generación, o una vez cada siglo, frente al cual muchos países del mundo lograron reunir en primer lugar los recursos humanos y después el increíble poder de la innovación farmacéutica, aunque no lo fuesen bastante buenos para superar nuestras disfunciones sociales y políticas, o para producir una salida de la pandemia verdaderamente milagrosa y permanente.

Incluso las categorías de vacunación utilizadas para distinguir el riesgo se han vuelto menos claras. Debido en parte a que los más vulnerables son también los más vacunados, los resultados para ambos grupos no son ni mucho menos tan distintos como antes. En abril hubo, por primera vez, más muertes entre los vacunados que entre los no vacunados, según la muestra representativa de 30 jurisdicciones de los CDC. En mayo, el 54 por ciento de los estadounidenses que murieron por COVID-19 habían completado al menos su vacunación primaria.

Esto no es una mácula en la eficacia de la vacuna, puesto que la población estadounidense —y en especial la vulnerable— está lo bastante vacunada para distorsionar estos cálculos. Aunque las vacunas han demostrado ser menos efectivas para frenar la transmisión, siguen siendo una herramienta asombrosamente eficaz contra la enfermedad grave (la protección frente a esas consecuencias disminuye, pero desde una base sólida). Sin embargo, es probable que ya no tenga sentido pensar en la población como si hubiese dos grupos claramente diferenciables, o atribuir la propagación de la enfermedad a, sobre todo, una dinámica de vacunación muy fácil de entender. La composición inmunológica del país es mucho más complicada ahora, en parte porque muchos ya se han contagiado.

Hubo un momento en el que contemplábamos ese futuro con la esperanza de no llegar a él, pero diciéndonos que, si eso ocurría, al menos supondría la fase final con la inmunidad de rebaño. En cambio, aquí estamos.

¿Dónde es “aquí”, exactamente? Mina lo llama una “larga y accidentada rampa de salida”, definida por la acumulación imperfecta pero predecible y fiable de protección inmune adicional.

“No estamos viendo los mismos niveles de muertes —dice—. Esto es así. Y eso es muy importante, porque no solo refleja que tenemos tratamientos, sino también una mezcla de inmunidad a los contagios y vacunas”.

Antes de la pandemia, la investigación de Mina se centraba en el desarrollo de la inmunidad en bebés y niños, y su modelo mental para nuestra experiencia colectiva en este caso es el mismo. “Siempre he dicho que tenemos que salir crecidos de esta pandemia”, dice. “Tenemos que construirnos la suficiente inmunidad para salir de la pandemia como especie humana”. Dijo que, ahora mismo, somos niños de 2 o 3 años en términos inmunológicos; tras haber dejado atrás “la verdadera zona de riesgo”, somos capaces por primera vez de manejarnos en un mundo de virus y bacterias sin los riesgos médicos tan graves de antes. “Sabemos que esos niños de 3 años siguen yendo mucho al hospital, pero también que, en idénticas condiciones de contagio, a los niños de 3 años les va mucho mejor que a los de 1 año. Y eso es por la inmunidad”.

El nuevo coronavirus ya no es nuevo para nosotros, por decirlo de otro modo. Nuestra inmunidad a la COVID-19 está creciendo. “Ahí es donde estamos como humanos”, dice Mina.

Para muchos de nosotros, el proceso continuará, dice. Los beneficios inmunológicos ya no serán necesariamente enormes, dado el frecuente contacto que hemos tenido con el virus, y el que tendremos de ahora en adelante. “Probablemente las personas que lo superen se habrán encontrado con el virus unas 10 o 15 veces, quizá, en los próximos 5 años”, dice. Pero cada contacto con el virus, vacuna o dosis de refuerzo se añaden al conjunto de herramientas y hace menos temibles los riesgos de futuros contagios, y esa es una de las razones por las que está tan fuera de lugar el pequeño pánico que se desató hace poco en las redes sociales por que un segundo contagio pudiera agravar los riesgos. “Al final, se estabilizará, y entonces nuestro historial inmunológico nos protegerá más cada año”, dice Mina.

Por supuesto, hay quienes no pueden construir esa inmunidad adicional igual de bien, principalmente las personas mayores. Debido a lo que se denomina “inmunosenescencia”, cuanto más mayor te haces más te cuesta formar nuevas protecciones contra las enfermedades, y más fácil es que las pierdas con el tiempo. De modo que, mientras que el resto del mundo está construyéndose un muro cada vez más alto, y cada dosis de refuerzo o contagio añade cierta cantidad de protección —y la que puedan añadir en el futuro las dosis específicas de las variantes y las vacunas pancoronavíricas—, los mayores vulnerables están construyéndose el suyo de forma un poco más lenta e intermitente.

La COVID-19 siempre ha sido una enfermedad de los mayores, casi más definida por el sesgo de edad de su mortalidad que por cualquiera de sus demás características: los riesgos aumentan al doble cada 8 años, más o menos, y los octogenarios corren un riesgo de muerte cientos de veces mayor que los adultos jóvenes. Sin embargo, con la vacunación general y el contagio casi universal, esa brecha podría ampliarse.

Mina compara el desarrollo de la inmunidad con el aprendizaje de un idioma. “Un hecho de la biología de la inmunidad es que es muy difícil crear un recuerdo totalmente nuevo y mantenerlo, si eres una persona mayor —dice—. Así que pienso que, durante algún tiempo, nuestra población mayor va a tener problemas muy importantes, porque no pueden retener esos nuevos recuerdos”. Las personas expuestas hoy, que tendrán 80 años dentro de unos 25 años, más o menos, no tendrán el mismo problema, dice Mina, porque habrán desarrollado su memoria inmunológica a una edad más joven.

Nada de esto debería sorprendernos, señala Mina. “Siempre he dicho que esto es como un manual sobre virus respiratorios. Es nuevo, y por eso muta mucho. Y lo estamos viendo mutar, y por eso nos da miedo”. Pero, en realidad, es “un virus bebé”, dice, y está mutando porque está creciendo y aprendiendo a vivir en nosotros”.

En cuanto a eso. El ritmo de mutación —y de la evolución vírica— es la mayor variable desconocida que moldeará los próximos años. Es probable que las futuras variantes de ómicron sigan el patrón de las anteriores: una mayor transmisibilidad y, presumiblemente, nuevas vías de evasión de la inmunidad en el nivel del contagio, sin cambios radicales en la gravedad intrínseca. No obstante, también existe la posibilidad de que se produzcan giros de 180 grados, y es difícil simular esa probabilidad.

“Supimos relativamente pronto que cabía esperar unas dos mutaciones mensuales”, dijo Francois Balloux, biólogo computacional del University College de Londres. “Eso significa que lo esperable, al cabo de dos años, eran unas 70 mutaciones. Y en efecto estamos ahí”.

Lo más sorprendente ha sido, dice, lo mucho que han influido algunas de esas mutaciones en el curso de la enfermedad; primero, con la delta, y, más llamativamente, con la ómicron, que dice que supuso tal ruptura en la trayectoria de la pandemia que “me siento tentado a considerarlo dos pandemias consecutivas”.

“Lo que eso suponga para el futuro es difícil saberlo —prosiguió—. Puede que haya un nuevo cambio drástico, como vimos con la ómicron; algo completa y radicalmente distinto que salta a la población. Entonces estaríamos otra vez en la casilla de salida.”

Pero ese no es necesariamente el camino que considera más probable en el futuro. Le preocupa más una cepa de delta más virulenta y prevé una circulación estable de sublinajes de la ómicron, que podría llegarnos la primavera que viene en un contexto relativamente relajado, en términos víricos, y que el impacto del coronavirus retroceda incluso desde su lugar actual. “Pero esa es de lejos la hipótesis más optimista”, dice.

Entretanto, existe una subvariante BA.2.75 contra la que luchar. La variante más nueva no es lo que Dean considere “algo que surge por sorpresa”, ya que sigue siendo parte de la familia ómicron. Y aunque al principio su propagación en India parecía muy preocupante, parece serlo cada vez menos, dice Bedford, y en mayor consonancia con el reciente arco de la BA.5 en Estados Unidos que con la primera y abrumadora ola de ómicron.

Y ¿qué hay de la posibilidad de algo más inesperado, de un cambio de fase parecido al de la ómicron? “He intentado pensar en ello, y tratar de ser humilde”, dice Bedford. Señala que, en dos años y medio de evolución, solo se ha dado una circunstancia como la de ómicron. “De modo que se puede calcular que ocurrirá cada año o dos años”, explica. “Quizá cada década. O podría ser un cisne negro y que nunca vuelva a suceder”. Hace una pausa y añade: “Eso parece dudoso”.

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Author: Francesca Jacobs Ret

Last Updated: 09/05/2022

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